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I


"¡Padre Júpiter! ¿Te enfadarás
conmigo por lo que te diré?"
(Ilíada C. III, v. 421)



L
a Noche extendía sus dominios sobre los palacios del Olimpo. Nada parecía estorbar el plácido descanso de los divinos moradores, ni tan siquiera el paso de la Horas. Sólo ellas deambulaban por las calles, impertérritas a la oscuridad o a la luz. Ellas seguían su destino. Desde hacía miles de décadas, cuando el soberano Júpiter conquistó el Olimpo estableciendo la dinastía de los Olimpíadas. Las Horas no faltaban a su cita, sirviendo con ello al rey de los dioses.
La historia del Olimpo tiene a ellas como testigos de grandes acontecimientos. También testigos del quehacer cotidiano de los moradores. Unos, más pacíficos; otros, revoltosos. Y hasta había quien se olvidaba de que las puertas se cerraban cuando el Ocaso moría en el horizonte. Era un olvido premeditado, aunque luego el infractor confesara que se le hizo tarde. En los registros de los sucesos nocturnos las Horas tenían un gran repertorio. Podían seleccionar a cualquiera de los habitantes de los palacios. No faltaría ninguno. Todos eran protagonistas de más de una aventura, calificada por los propios interesados de pequeños entretenimientos para pasar el tiempo. Ellas no necesitaban luz para poder ver y observar cuanto acontecía en el Olimpo y fuera de él. El palacio de Júpiter era especial y dominaba la ciudad, asentado en lo alto de la cima del monte. Enriquecido por la obra de Vulcano era inigualable por sus mármoles, bronces y estrellas relucientes. Vulcano regaló a su madre Juno un trono de oro diseñado y trabajado por él mismo. Contenta estaba la madre con tal regalo y quiso probar la comodidad de tal mueble. La sorpresa fue mayúscula. Quedó atrapada en el mismo por un mecanismo especial. Júpiter se admiró de lo que estaba viendo. Trató de ayudar a su esposa, pero en vano. Juno seguía atrapada. Júpiter mandó llamar a Vulcano para que subiera al Olimpo a rescatar a Juno, puesto que él era el autor de la obra y sabía cómo liberar a su madre. Pero el astuto Vulcano se hizo de rogar. No tenía prisa.
El palacio del soberano de los dioses era amplio y hermoso, como correspondía a la categoría del dios y su familia. A ello hay que añadir un gran y variado séquito de divinidades menores, ninfas, servidores y además un incontable número de seres  que se adherían, sin más relación que la dependencia en el intento de progresar en la escala de la estima divina. Alrededor del palacio de Júpiter se hallaban otros, no menos esplendorosos. El de Mer-curio, heraldo y mensajero de Júpiter, con sus atributos: el caduceo, talones alados y el petaso, también alado, colocados sobre el dintel de la puerta. La particularidad de este palacio radicaba en que no tenía la puerta cerrada. Dando a entender así la disponibilidad permanente de servicio en la que se hallaba su dueño. Tampoco desdecía la mansión de Apolo. Un palacete muy coqueto que solía ser muy visitado por las diosas organizándose grandes fiestas y saraos hasta muy avanzada la madrugada. El joven gozaba de gran predicamento entre las diosas por su encanto físico, esbeltez y embelesadoras palabras amorosas que hacían las delicias de las féminas. El néctar so-lía correr a raudales por la mesa del dios. Y más de alguna vez tuvo que llamarle la atención su padre, Júpiter, a causa del derroche de aquel exquisito bien divino.
El palacio de Diana contrastaba con el de su hermano Apolo. Carecía de suntuosidad. Elegante aunque sobrio, amplio cual convenía a su particular afición: la caza. Sobre el dintel lucían los atributos propios para tal fin, más una jauría de perros. Esta diosa tenía siempre a su alrededor un cortejo de jóvenes ninfas a quienes exigía la virginidad. No permitía ningún desliz con el sexo contrario. Pero las que más destacaban de su cortejo eran las Tres Gracias: Aglaé, Eufrósina y Talía. ¡Qué encanto verlas juntas! Y el gozo supremo, disfrutar de su presencia. Tenían el palacio junto al de Diana. En el frontispicio aparecían los atributos: las espigas, astrágalos e instrumentos musicales. Del palacio destacaban los bellos jardines, fuentes, flores en abundante variedad y fragancias aromáticas embriagadoras. Los habitantes del Olimpo las tenían en gran estima. De ahí que se las conociera por los epítetos. Aglaé era la brillante. Eufrósina, la que alegra el corazón y Talía la que hacía florecer. Así, pues, en el palacio de las Tres Gracias no faltaba nunca la alegría, la música y la poesía. Allí se reunían los dioses para escuchar a aquellas beldades, siempre jóvenes y risueñas.
Marte poseía una gran mansión. Contrastaba con las otras a causa de su lúgubre aspecto exterior. Carecía de ventanas y balcones. Apenas unos ventanucos indicaban que alguien pudiera morar allí. En realidad, no gozaba de la simpatía de su padre Júpiter, ni tampoco de los demás dioses y diosas. De genio violento se complacía en las ferocidades y matanzas de la guerra. Sobre el dintel: una calavera, una espada y un león rampante ferozmente amenazador.
Todos estos palacios descollaban sobre los otros por su linaje, prosapia y belleza. De entre los demás habitantes del Olimpo habría que destacar los habitáculos de Eros, Cibeles, la Aurora, Baco, Venus, etc., que por sus originales construcciones, adornos, decoración y esbeltez eran muy concurridos por los amantes de favores y por los aduladores. Pero existía un edificio, sin grandes pretensiones en su arquitectura, que encerraba muchos misterios. El dios Cronos se encargaba de la custodia. Anciano de larga barba blanca y cayado para apuntalar la ancianidad. Único palacio que exhibía en el dintel un medallón con la efigie del inquilino. Todos lo conocían por el nombre de Fastos, pues allí se registraban los acontecimientos acaecidos en el Olimpo.
La Noche se afanaba para poder rendir a las Musas. Éstas habitaban en un montículo solitario, un poco apartado de los grandes palacios. Ellas mantenían la luz siempre viva, pues siendo nueve y hermanas todas, iban turnándose en el cotidiano quehacer. Incansables, hacendosas. Abarcaban tantos campos del saber que era muy raro verlas sin hacer nada, ociosas. Especialmente cuando algún devoto o devota pedía ayuda con insistencia. Caso de acceder a la demanda envolvían al agraciado en una nube cargada de una especie de néctar que el devoto libaba y libaba con fruición sin cesar hasta alcanzar el punto álgido del éxtasis. Como consecuencia vendría después la gloria, los honores, las distinciones y la complacencia en la fama y en el trabajo bien hecho. Nadie ponía en duda que las Musas gozaban entrañablemente ayudando a sus devotos. Y no ocultaban su alegría. Así que, no era de extrañar que estuvieran en celebraciones continuas. Solían descender del Olimpo para estar junto a los devotos en momento tan trascendental. ¡Cómo se aplicaban ellas mismas a buscar y facilitar el instrumento más apropiado para cada uno de estos momentos! Eran muy queridas y, por lo tanto, siempre rodeadas de una turba de ninfas, músicos y corte de admiradores.
Las Horas se mostraron especialmente curiosas cuando pasaron por delante del palacio del Sueño. Les atraía la forma en que estaba construido. Pero lo más atrayente consistía en la variedad de diseños que se mostraban. No tenía siempre el mismo. Tal mutación constituía motivo de admiración para ellas. Así que, procuraban estar lo más cerca posible para no perder detalle alguno del espectáculo. Espectáculo que, según los inquilinos del palacio, cambiaba a cada instante. Lo que permanecía inmutable eran las dos puertas. Siempre las mismas. En forma de cuerno de la abundancia para los sueños auténticos; de marfil para los que no eran verdaderos. Cada inquilino edificaba su propio palacio que se desvanecía tan pronto llegaba a su fin. Por lo que la variedad, belleza y, a veces extravagancia, encontraban su pleno desarrollo, aunque no armonía. Les divertía ver cuán grande era la multitud de sueños falsos y cuán pocos los verdaderos. La puerta de marfil atascada por el volumen de materia agolpada. Mientras, la puerta del cuerno de la abundancia permanecía casi expedita.
La Noche, que también rinde a los dioses, permitía regocijarse en los sueños de los moradores del Olimpo. Ellos también soñaban, rendidos por el embrujo de aquélla. En cuanto al regocijo, la alusión recaía muy finamente sobre Baco, un poco cargado de néctar y ambrosía al llegar la madrugada. Los efluvios emanantes daban lugar a escenas oníricas provocadoras de gran hilaridad, alborozo y alegría para las espectadoras. No menos atractivos eran los de Eros o Cupido, rodeado de Amorcillos, especie de genios alados que, con los Juegos, los Placeres y las Risas, formaban su corte y la de Venus. Realmente admirable este dios. Sus aventuras diurnas continuaban hasta altas vigilias de la madrugada. Los sueños, algo tendenciosos y pícaros, finalizaban con diferente resultado. Muchos de ellos encontraban la salida por la puerta de marfil. Pero era genial, tanto en la elaboración como en el desenlace.
Las Horas, hijas de Júpiter y de Eunomia, eran bellas y suaves. Las tres muy unidas van transitando por el Olimpo haciéndose guiños. Eunomia, la mayor, tenía ojos amorosos y dulce sonrisa; Dice, la mediana, era de tiernas expresiones y de hermosa trenza. La más pequeña, Irene, especialista en deliciosos juegos y de amorosas manías. En el cielo del Olimpo resonaban alegres canciones entonadas por las Ninfas. Las Horas seguían su peregrinaje por los divinos habitáculos. Sus risas respondían a los destellos de las estrellas, que las veían pasar en su camino hacia el infinito.
Irene sugirió a las otras dos hermanas realizar una excursión al Registro olímpico. Aquello debía ser curioso y no estaría mal echar una ojeada, aprovechando la aparente calma y tranquilidad. Eunomia puso cara de asombro. "¿Qué buscas, temeraria? No sabes dónde vas. Ten en cuenta que es el lugar donde no ha entrado nadie. Sólo el divino Júpiter tiene autoridad exclusiva. Nosotras somos las guardianas y nada puede ocurrimos, siempre que tomemos precauciones. Yo propongo que se quede Dice vigilando. Yo soy pequeña y ágil, por lo que puedo penetrar más fácilmente que vosotras". Protestó Dice, pero acabó aceptando la propuesta de Irene. Ésta y Eunomia se adentraron en el Registro. Recorrieron salas inmensas. Allí había papiros amontonados, aunque bien ordenados. Ellas sabían que Júpiter solía retirarse, de cuando en cuando, y que pasaba mucho tiempo ¿Leyendo? ¿Escribi-endo? Nadie lo sabía. No era difícil, una vez allí, distinguir los temas. Estaba todo bien etiquetado, seleccionado y dispuesto. Irene se entretuvo leyendo unos versos escritos por el propio padre de los dioses. Tenían gran inspiración. A ella le pareció normal ya que las Musas le debían vasallaje. Pero lo sorprendente era que hablaba de unos seres mortales, mujeres bellas, y decía cosas: "¡Oh, qué bello es morir por la querida Leda!" Irene sintió que se le inundaba el alma de una risa incontenible ¿pero cómo puede hablar de morir un dios inmortal? pensaba ella.
Mientras tanto, Eunomia hacía gestos a su hermana para que se le acercara. Por los gestos tan expresivos algo muy interesante debía haber hallado. Sin dilación corrió reuniéndose con la hermana mayor. Ésta abrió cui-dadosamente el papiro que tenía en sus manos y leyeron con ansiedad :
" Tuyo es, Jove, el imperio de los cielos,
y sobre los mortales tú derramas
las obras de injusticia abastecidas,
sin olvidar también las temerarias".
Siguieron leyendo pero se tropezaron con un papiro epigrafiado "Harcano-Hado". No se atrevieron a continuar. Aterradas, emprendieron veloz carrera hacia la salida. Dice, nerviosa, les estaba esperando. "Vamos, - dijo - ya la Noche se retira y la Aurora quiere aparecer. ¿Qué habéis visto?". Asustadas, las dos hermanas, no querían romper el mutismo en el que habían caído. Dice las siguió en su loca carrera hacia las puertas del Olimpo. Había que estar puntuales a la llegada de la Aurora para que las puertas no sufrieran retraso en su cotidiana apertura.
La Aurora, con su azulada luz, empezaba a despertar y con sus gráciles dedos descorría la pesada cortina de la Noche que muy a desgana se dejaba llevar. La Aurora, mensajera de la luz clara, abrió sus párpados y de sus ojos salió a borbotones la luz rosácea, preludio de un día esplendoroso. La Aurora se desperezó para luego relajarse. Viendo que la acción había sido de su agrado, recogió el manto celeste corriendo detrás de la Noche, pues ya la luz con su fulgor le absorbía. Era su eterno sino: correr de-trás de las tinieblas y siempre delante de la luz. Pero sin cegar, tenue, suave hasta desaparecer vencida por el día. Aquella mañana la Aurora entró en el Olimpo y con sus delicados dedos fue llamando en las ventanas de los palacios. El primero fue el de Júpiter, por estar en la cima y dominar los valles. Quiso ser respetuosa y no profanar la alcoba del dios que descansaba junto a su esposa. Pasó de largo con los ojos recogidos. También llegó al palacio de Apolo y suavemente llamó a la ventana. Ésta parecía entornada, y por la rendija se coló. No pudo resistir la tentación y quedó absorta mirando aquel apuesto dios tendido en la cama, rubio, cabellos rizados y junto a él los atributos de su divinidad. Le acarició con sus livianos dedos todo el cuerpo y salió precipitadamente. Su rostro se revistió de arrebol.
El palacio de Eros tenía cualidades distintas. Gran-des espejos cubrían los muros internos. Sobre todo los salones donde se organizaban las veladas y fiestas en su honor. No solía faltar ninguna divinidad. Todas tenían a gala haber asistido alguna que otra vez. Algunos, más afortunados, eran asiduos. La Aurora sentía especial in-clinación por aquel joven. Todas las mañanitas hacía su visita con la delicadeza y el silencio que le caracterizaba. Sin ruido, sin humo de vela alguna y siempre con la misma claridad. Arrastraba su figura por los salones llenos de espejos que le devolvían el saludo con su propia imagen. Aquello le agradaba. Mas cuando llegaba junto a Eros no podía resistir la atracción que emanaba del dios de los amores. Junto al lecho velaban el sueño de su amo multitud de amorcillos, jovencitas recién nacidas a la vida del amor, mujeres en la plenitud de su belleza. Todos habían sido heridos por los dardos de aquél arquero sin escrúpulos. La Aurora no pudo resistir la emoción ante tan hermoso espectáculo y envolvió con su claridad al autor de tanta dicha, encanto y beatitud. Ella quería participar de toda aquella silenciosa alegría y felicidad y los fue abrazando uno a uno. Retardó su salida de la estancia cuanto pudo. Pero ya el día entraba refulgente y encendía los espejos. El palacio de Marte, una fortaleza, imponía respeto. La Aurora intentó penetrar, pero fracasó. Sólo pudo rozar apenas las ventanas. Toda aquella fortaleza era impenetrable. La Aurora hizo una mueca despectiva y salió apresuradamente.
Llegó al palacio de Mercurio y con su característico silencio, muy quedamente, recorrió todos los aposentos. Las puertas y ventanas estaban abiertas de par en par. Esto facilitó la entrada hasta las más recónditas estancias. No se sorprendió de la soledad hallada. Sabía que el dios estaría en alguna misión encargada por Júpiter. Así que, prosiguió su camino. Siempre iluminando mansiones, llamando a la vida. Algunos de los dioses, por no decir la mayoría, seguían durmiendo acunados por la oscuridad de sus ojos cerrados.
La Aurora sorprendió a las Tres Gracias en brazos de Morfeo. Las rodeó con sus tules invisibles y se recreó en ellas. Adivinaba su belleza, esbeltez y donaire. Aún dormidas tenían el atractivo irresistible de las cualidades y perfecciones que a simple vista, cualquier amante, po-día descubrir. Eran el punto débil de la Aurora. No podía dejar de alargar la visita cuanto su corazón le pedía, No obstante, el tiempo apremiaba. No debía entretenerse. Ello repercutiría en el orden del Universo y traería funestas consecuencias. ¿Qué ocurriría si, embelesada en la contemplación de tan hermosas criaturas, la Noche siguiera ejercitando su poder? ¿Si las tinieblas con su pesado manto retuvieran el Universo en una espesa negrura incapaz de generar vida? Estas preocupaciones sonaron en lo más profundo de su alma como un chirrido estridente y volvió a la realidad. Tenía que seguir cumpliendo el cometido más hermoso que se le había asignado. Empezó a bajar de los palacios majestuosos del Olimpo hasta los valles de la tierra. Y en un instante, la Aurora anunció la luz y con ella la vida. Los mortales iniciaron sus quehaceres cotidianos. Unos marchaban al campo con sus animales y aperos de labranza; otros, abrían sus tiendas  y algunos habían ya encendido los hornos y el humo       ascendía al cielo como primer sacrificio mañanero. La     Aurora vio todo aquello y se rindió a la grandeza de la vida que, aliada con el sol, invitaba a gozar de una jornada más.



1



M
ientras tanto, Neptuno, que habitaba en las profundidades del mar y poseía magníficos palacios de oro, montaba en cólera. Todos los días este dios, armaba un gran alboroto a causa de la Aurora. Se sentía humillado y en lo profundo de su corazón juraba vengar tamaña afrenta. Soberbio y altivo había acudido a presentar las quejas a Júpiter, recordándole su condición divina proveniente del mismo linaje. Siempre la misma respuesta: "El Hado marcó a la Aurora su trayecto y no le está permitido llevar la cerúlea luz al reino que gobiernas. Cuando hicimos las particiones del Uni-verso el espumoso mar fue tu herencia y dominio. Sin embargo, la Tierra y el Olimpo, son de todos los dioses. También te corresponde a ti. Tienes tu parte y puedes gozar, por tanto, de los bienes de ella y de la compañía de los dioses y diosas". Por lo que en las profundidades del mar siempre reinaba la oscuridad. Un día, sumido en la depresión y carcomido por la sed de venganza, intentó dar salida a tanto odio acumulado en su interior. Así que, levantándose del trono, abandonó el palacio y lleno de ira empezó a gritar y a batir la tierra con desalmado furor. Las Nereidas se alteraron corriendo desesperadas en busca de un refugio seguro. Las cuevas se derrumbaban y no podían albergar a sus habitantes. El movimiento era incesante y las olas preludiaban enorme crecimiento acompañadas de un rumor pavoroso, cual maremoto.
El anciano Océano, movido por aquélla vorágine y temiendo por su palacio de cristal, se presentó en las profundidades para tratar de calmar a Neptuno. Lo buscó por los lugares que más solía frecuentar aquél y no pudo encontrarle. Luego, con paso inseguro, se dirigió a las cuadras palaciegas. Allí lo encontró. Y, mesándose la luenga barba blanca, le exhortó a que se apaciguase y dejara de provocar lo que parecía ya un cataclismo. Neptuno no hizo caso y empezó a uncir al carro un par de corceles. Con voz áspera, y tono desagradable, espetó al anciano: "Voy al Olimpo a quejarme una vez más a Júpiter. Aquí no llega la luz porque la Aurora, su mensajera, no se digna anunciarla. Voy a protestar. Y no te voy a pedir permiso para pasar por tus dominios. Quieras o no, pasaré". Esto último lo dijo con gran retintín, machacando las palabras y así zaherir más vilmente al anciano dios. Azotó a los corceles y éstos arrancaron velozmente. El ca-rro atravesó el anchuroso mar. Salió arrastrado por los veloces bridones a la luz del día, para proseguir viaje al Olimpo.
Las Horas, guardianas de las puertas del Olimpo vieron acercarse a Neptuno y dieron orden de dejarle  pasar. Al hacer la entrada en la mansión de los dioses, el carro y los corceles dejaron tras sí una gran polvareda. Las Horas, sonrientes, comentaron que algo raro pasaba cuando Neptuno llegaba con tal genio. De todos los dioses era conocida su soberbia e iracundia cuando algo se opo-nía a sus deseos. Salió a recibirle Juno, esposa de Júpiter. En la misma escalinata de mármol y oro le ofreció néctar y ambrosía, en señal de hospitalidad. Neptuno sin corresponder al saludo, bajó del carro y tomando la copa, con brusquedad, bebió de ella hasta agotar el contenido. Después la arrojó con altivez en el regazo de Juno. Ésta, pausadamente, se la entregó a la sirvienta, una bella joven chipriota.
                "Quiero ver a tu esposo, el divino Júpiter"
-dijo Neptuno con rabia contenida.  
                "En estos momentos no te puede recibir. Se encuentra reunido con el Consejo especial".
                "¡Oh dioses! - bramó furioso Neptuno - ¡Que no puede recibirme! ¿Acaso no soy de la misma estirpe y con iguales derechos que él?"
                "Cierto, así es, Neptuno, - repuso Juno, llena de bondad y mansedumbre - no obstante, he de comunicarte que me ha dado la orden recalcando la negativa para todos los dioses, sean quienes sean. Por lo tanto querido cuñado..."
No pudo terminar la frase. Neptuno, sin pensarlo mucho, volvió de un salto a su carro y, azotando violentamente los corceles con el látigo, emprendió el camino de regreso al mar. Una vez allí, levantó sus poderosos brazos y empezó a sacudir la tierra, las cumbres de las montañas, de tal manera que hasta los palacios del Olimpo se resintieron.
Las quejas no tardaron en llegar a Júpiter. Juno capitaneaba a las diosas, ninfas y musas. Se colocó cerca del trono de Júpiter y le comunicó:
                "¡Oh padre y rey de los dioses! Este movimiento de la tierra ha sido provocado por Neptuno. Esta mañana se acercó al Olimpo para hablar contigo. Le recibí con la hospitalidad propia de los dioses. Néctar y ambrosía aliviaron su garganta. Él estaba muy excitado. No me dijo el motivo. Cuando le notifiqué tu orden de no molestarte, por estar reunido con el Consejo especial, bramó furioso. Y sin pronunciar palabra abandonó el Olimpo.
                "Él es el causante del cataclismo -repuso Diana-. Hasta mis perros huyeron despavoridos cuando la tierra temblaba a sus pies. Las gacelas, los ciervos y los jabalíes, saliendo de sus escondites, se quedaban parados sin saber a dónde ir ni qué hacer. Las aves y los pájaros abandonando los lagos y los árboles, emprendieron veloz carrera hacia el cielo en busca de protección".
                "Los mortales, -terció Ceres- ante tamaño caos, salieron de sus casas sin tiempo para recoger  lo indispensable. Los campos han aparecido agrietados. Las cosechas perdidas a causa del fuego proveniente de las grandes hendiduras. ¡Socórrenos, oh padre de los dioses!"
                "Los ganados -intervino el dios Pan- se hallan en estado deplorable. Las ovejas no obedecen mi mandato y desesperadas se lanzan al abismo. Así ocurrió con las vacas y bueyes que presas del pánico corrieron también hacia el abismo. Los ríos se salieron de madre inundando las praderas y los bosques. De los bosques, lo que quedaba de ellos. Ya que las rocas al desprenderse habían destrozado la mayoría de los árboles y arbustos".
Desde el fondo del reino de los infiernos llegó un pestilente lamento. Era Plutón que, excitado por la obra de Neptuno, saltó de su trono de azufre gritando a Jú-piter:
                "¡Oh Júpiter, rey de los hombres y de los dioses! Manda callar a Neptuno, ese vengador rencoroso y soberbio. Por el bien de todos nosotros. Es cierto que tenemos rencillas unos y otros, pero jamás ponemos en peligro nuestros reinos. A mí me tocó este reino de los infiernos. Ahora estoy abrumado. No sé qué hacer. Si por causa de la maniobra de Neptuno se abriera la tierra y se hicieran visibles las mansiones horrendas y tenebrosas que hasta los mismos dioses aborrecen ¿qué ocurriría si aparecieran ante los ojos de los mortales las deidades infernales con el cancerbero de tres cabezas? ¿Nuestras má-quinas de torturar para cumplir con los castigos a los que han sido condenados los más crueles criminales? ¿Qué dirían las Furias, mis hijas, destinadas a dar tormento de cualquier modo y manera a las almas de los delincuentes? La vengadora Tesífone, la incansable Alecto y Megera, rencor y tormento, como su propio nombre indica, ¿qué dirían ellas? Por favor, padre Júpiter, haz callar a ese rencoroso Neptuno".
Ante aquel clamor, Júpiter alzó su mano e impuso silencio. Tomó la égida y sus destellos deslumbraron a los dioses y diosas allí reunidas. Indicio de que algo grave iba a tener lugar. Mandó llamar a la mensajera Iris. Ésta acudió diligente al llamamiento de Júpiter. El rey de los dioses y padre de los mortales le habló así:
                "Baja al profundo mar y dile a Neptuno que deje de sacudir ya la tierra. Grandes males ha causado a los mortales y puesto en peligro la mansión de los mismos dioses. Dile que mi égida está a punto de ser dirigida contra él. Mi cólera comienza a apoderarse de mi corazón. Y tenga por seguro que, si no me hace caso, le arrojaré al tenebroso Tártaro, muy lejos, y conocerá en seguida cuánto aventaja mi poder al de las demás deidades. Soy superior a los dioses y a los hombres. Mis amenazas se cumplen irremediablemente".
Iris, la mensajera, descendiendo del Olimpo, enfiló la morada del poderoso Neptuno. Tan pronto apareció ante sus ojos éste saludó, muy cortés, a la mensajera de Júpiter. Reconoció al instante que de algo era portadora la diosa de ojos penetrantes y rostro dulce. Ella agradeciendo el recibimiento le dijo:
                "Neptuno, prepotente batidor de la tierra. Oye bien lo que dice Júpiter: cesa de sacudir la tierra, pues grandes males has causado ya a los mortales y puesto en peligro la mansión de los dioses. La égida está a punto de ser dirigida contra ti. La cólera se apodera de su corazón. Y ten por seguro, que si no le obedeces, te arrojará al tenebroso Tártaro y conocerás en seguida cuánto aventaja su poder al de los demás dioses. Él es superior tanto a los dioses como a los hombres. Sus amenazas se cumplen irremediablemente".
Entonces Neptuno sintió que recorría por todo el cuerpo un fuerte sentimiento de rabia y odio. Él, Neptuno, no podía dejarse amedrentar por tales amenazas. Sin poderse contener profirió un estentóreo grito: "¡Necio Júpiter! ¿Acaso crees que me asustan tus amenazas? Diviértete con las hermosas hijas de los hombres y procrea diosas para el Olimpo. Tu estirpe y la mía son iguales. Pero tú, sentado en el trono, haces gala de poderío. ¿Qué sería de ti sin mi apoyo? ¿Ya no recuerdas, cuando convenimos en el reparto del Universo, la lucha entre Plutón y tú? Fui yo, Neptuno, quien convenció a Plutón para que no pugnara por el reinado sobre los dioses y diosas del Olimpo. No te obedeceré en esta ocasión, ¡necio e iracundo Júpiter!". Y tomando el tridente lo arrojó contra la mensajera Iris. Ésta, rápida cual centella, se apartó y, viendo cumplida su misión, emprendió el camino de regreso al Olimpo.
Mientras tanto, los dioses y las diosas seguían a la vera de Júpiter comentando cuán horrendo era lo que estaba sucediendo. Al corro se sumó uno de los más respetados y queridos de entre ellos. Trabajador infatigable, de gran destreza y habilidad. Cualidades éstas adquiridas en el tiempo que pasó en la tierra expulsado del cielo por Júpiter. No era otro que Vulcano, el orfebre por excelencia. Trabaja los metales con arte y pericia. Prueba de lo cual era su propio palacio de bronce, reluciente como el sol, envidia de las demás deidades. Fornido, musculoso y arrastrando los pies, pues era cojo de ambos, entraba penosamente en el círculo. Jadeante, sudoroso, comenzó a proclamar:
                "¡Oh padre de los hombres y rey de los dioses! Una gran calamidad se cierne sobre mis veinte hornos, mis fraguas y consecuentemente contra mi trabajo. Batiendo las cimas de los montes mis hornos están expuestos a la destrucción. Piensa, oh Júpiter, cuánto esfuerzo encierra mantener ésos fuegos ardiendo día y noche. Todo para poder ejecutar el martilleo constante de los metales preciosos, oro, plata y bronce sobre mis yunques. Si desaparecen ya no podré obsequiarte con las copas de oro que tanto te agradan; ni forjar los rayos que son tu poderosa arma. Duro es mi trabajo, aunque tenga a los Cíclopes junto a las fraguas. Por todo ello, padre divino, te ruego nos expliques qué está ocurriendo. Y si está en tu mano, como así lo creo, extén la égida y apacigua estos temblores".
Júpiter escuchó complacido a su hijo y Juno, su madre, le envió una sonrisa llena de amor. Los demás dioses hicieron gestos de aprobación y un murmullo llegó a los oídos de Júpiter. Por esta vez Vulcano no había sido objeto de invectivas y de sarcasmos, como acostumbraban los dioses, a causa de la innoble figura que se le atribuía y de las duras tareas a las que estaba dedicado. No obstante, ocupaba un puesto eminente en el Olimpo. La unanimidad era una especie de reconocimiento y forma de demostrar el aprecio a tan singular personaje.
  Un perfume a brisa fresca y mañanera delató la presencia de Iris, que se abrió paso entre los dioses y se acercó a Júpiter.
                "Dime, Iris, el resultado de tu misión. ¿Acaso ese terco de Neptuno ha escuchado mi mensaje?”
                "¡Poderoso Júpiter! Con todo el dolor de mi corazón he de manifestar la absurda postura de Neptuno. No sólo no ha querido cesar de batir la tierra sino que te ha insultado. Ha dicho qué sería de ti sin su apoyo y que recuerdes que con su intervención convenció a Plutón para que no pugnara por el reinado de los dioses en el Olimpo. Confirmó que no te iba a obedecer. Acto seguido arrojó contra mí su tridente que pude esquivar, gracias a mi agilidad".
Oída la narración de Iris, Júpiter se encolerizó y tomando uno de sus rayos lo lanzó contra el mar. El estruendo fue horrible y todos entendieron que el rey de los dioses estaba harto, más que disgustado. No era la primera vez que demostraba así la rabia, la ira y el pronóstico de que un castigo parecía aflorar en la voluntad divina. Ya había antecedentes, pero no con tanto ahínco como ahora. Por la mente de todos, una lista hacía acto de presencia, la encabezaba Prometeo. Formó un hombre de barro y queriendo darle vida imploró el auxilio de Minerva. Ésta le ofreció poner a su disposición los recursos ne-cesarios que para el logro de su propósito pudiese ser suministrado por el cielo. Le trasladó a sus regiones, don-de le proporcionó la ocasión de robar un rayo del carro del sol. Con él pudo llevar a cabo el deseo dando calor y vida al hombre de barro. Después, le enseñó a usar el fuego y con ello el hombre empezó a valerse por sí mismo. Disponía de un elemento crucial: podía calentarse y cocinar sus comidas. Indignado Júpiter de la audacia de Pro-meteo, le condenó a ser amarrado a una roca del Cáucaso, donde un buitre le devoraba el corazón, día y noche, noche y día. Prometeo fue considerado como un ser temerario que osó invadir la intimidad divina comunicando a los hombres sus secretos.
El segundo de la lista fue Tántalo. Rey bárbaro de Frigia, cuyo elenco de crímenes había encolerizado tanto a Júpiter como al resto de los dioses. Una vez robó un perro a Júpiter, al que el dios tenía gran aprecio por ser un regalo de su hija Diana. Ella, conocedora de la valía de sus perros para la caza, regaló el mejor de la jauría, para que le diera ratos felices a su padre. En otra ocasión los dioses dieron un festín e invitaron a Tántalo. Allí comió los mejores manjares de la mesa a los que los dioses estaban acostumbrados. Para regar tales manjares los dioses tienen por costumbre beber ambrosía y néctar. Tal bebida entusiasmó al invitado que, aprovechando un descuido, sustrajo un poco de ambos manjares y lo llevó a su casa. Tántalo quiso un día corresponder a la gentileza de los dioses con otra gentileza. Para ello les convidó a comer aprovechando que iban de viaje por Frigia. Entonces quiso poner a prueba el poder y la inteligencia de los convidados. Presentó un manjar exquisito, cocinado por el mejor cocinero de Frigia según dijo. En realidad se trataba de los miembros cocidos de su hijo Pélope. A pesar de los condimentos que disfrazaban el horrendo crimen, los dio-ses descubrieron el engaño. Júpiter y los dioses ofendidos se reunieron y condenaron al impío padre al tormento de una sed rabiosa, que crecía sin fin por la presencia de una copiosa fuente, cuyo caudal no podían alcanzar sus resecas fauces.
Júpiter también castigaba a cuantos le ofendían a él o a alguno de los dioses. Y este fue el caso de Ixion: hombre traidor y desagradecido. Al contraer matrimonio prometió a su suegro una serie de regalos a cambio de la mano de la hija. Verificado el matrimonio no cumplió la palabra dada. Reprochóselo el suegro. Ixion le invitó a un banquete y en el transcurso del cual, e inesperadamente, le arrojó a una fosa ardiente, donde pereció. El crimen le procuró el aborrecimiento de los hombres y de los dioses. Acudió a implorar perdón a Júpiter, éste bondadoso, se lo concedió. Sin embargo, Ixion correspondió mal a dicha gracia. Su atrevimiento fue tal que se animó a cortejar a Juno, esposa de Júpiter. La cual se quejó a su divino esposo quien, para comprobar la veracidad del compor-tamiento de Ixion, dio a una nube la forma de Juno. Engañado por ella, Ixion, intentó ultrajarla. Júpiter ante tamaña felonía decidió terrible castigo para quien no ha-bía sabido apreciar la bondad. La condena consistió en ligarle a una rueda en llamas que jamás dejaba de rodar causando al ingrato terribles dolores.
No menos ejemplar también la condena dada al gigantesco Atlas. Los Titanes eran los hijos de Urano y Gea. Doce era su número; seis varones y seis hembras, destacando Cronos entre los varones y Rea entre las mujeres. A ellos perteneció durante miríadas el Olimpo hasta que Júpiter, hijo de Cronos, destronó a su padre. Ello no fue fácil. Hubo de sostener una terrible lucha con los Titanes que, al fin, fueron despeñados al abismo. Entre los Titanes estaba Atlas, condenado a sostener sobre sus hombros y cabeza la bóveda del mundo.
En la memoria de los dioses aparecía la figura de Sísifo. Hombre de gran astucia y muy estimado por sus coetáneos. A él acudían cuando, desesperados, no encontraban solución a los problemas. A su vecino Laertes le robaban los bueyes por la noche, sin poder descubrir al ladrón ni a los animales robados. Marchó a consultar con su vecino Sísifo quien, oído todo lo ocurrido, decidió actuar de inmediato. Marcó con hierro candente las pezuñas de las bestias. El ladrón había cambiado las cornamentas y el color del pelaje, sin embargo, la señal grabada por Sísifo pudo hacerlas reconocer y recobrar por el dueño. A pesar de tales éxitos cayó en desgracia de Júpiter. Lo cual sucedió porque enamorado el dios de la hermosa doncella Egina, Júpiter la raptó. El padre la buscó por to-das partes infructuosamente. Conociendo la fama de Sísifo le consultó sobre qué podía hacer. Sísifo, casualmente, había visto a Júpiter llevando en brazos a Egina. Sin declarar al desconsolado padre nada de lo que sabía, hizo un trato. Prometió que le revelaría quién era el raptor, si él hacía brotar una fuente de una roca, junto a la ciudadela de su ciudad. Ésta carecía de agua. El agobiado padre cumplió y el agua brotó de la roca. Entonces Sísifo reveló al padre que el raptor había sido Júpiter.
  Júpiter decidió castigar al soplón de sus amores y envió a Tánatos, dios de la muerte, a que apresara a Sísifo. Pero éste logró apresar al enviado, encerrándole en una profunda mazmorra. Como consecuencia, el mundo quedó trastocado, pues, al no cumplir con su oficio Tánatos, nadie moría. Lo cual motivó que Hades se quejara a Júpiter y éste envió a apresar a Sísifo al propio Marte, quién llevó a Sísifo al reino de los muertos. Mas una nueva astucia le hizo libre aprovechando unos vestidos de Proserpina e imitando su saludo al cancerbero, guardián de los infiernos. Descubierto, fue de nuevo conducido a los dominios de Hades. La condena: elevar un inmenso y pesado peñasco desde la falda a la cumbre de una alta montaña. Coronada la cima, la roca volvía a caer, haciendo inútil el trabajo de Sísifo.
  Además de todos los anteriores castigos, Júpiter descargó su ira también contra los propios dioses. No se libraban ni sus hijos e hijas. Así se recuerda lo acaecido a Apolo. Fueron varias las ocasiones en que Júpiter manifestó su disgusto a Apolo. Una de ellas, cuando dio muerte a la serpiente Titón, que guardaba el oráculo de Gaia en Delfos. Otra, con ocasión de los amores con Coronis, de quien tuvo un hijo llamado Esculapio. Parece ser que un cuervo blanco, pues así eran entonces dichas aves, comunicó a Apolo que Coronis le era infiel. Apolo, lleno de rabia y furor, dio muerte a su amada, sacando de sus entrañas al niño Esculapio. Reconocida, poco después, la inocencia de Coronis, el cuervo fue condenado a cambiar de color. Desde entonces el cuervo es negro transformándose en ave carroñera y nefasta. Esculapio, muy amado por su padre, recibió de él lecciones de medicina, que le dieron fama por sus curaciones y aún se le atribuyeron milagros. Pero, disgustado Plutón, dios de los infiernos, por las curaciones y milagros de Esculapio, que dismi-nuían las entradas de difuntos en su reino, acudió a Júpiter. Demandó castigo para Esculapio por alterar el orden de los reinos, tanto de los vivientes como de los muertos. Accedió Júpiter a la demanda y Esculapio fue aniquilado por un rayo jupiterino. La noticia enfureció a Apolo y ata-có en la isla de Lemnos a los Cíclopes, ayudantes de Vulcano en la forja de los rayos de Júpiter. Llegó a oídos de del rey de los dioses la hazaña de su hijo y convocó la junta de los dioses para juzgar a Apolo. La sentencia no se hizo esperar y fue rápida: destierro del Olimpo a la tierra. Ya que no se le podía imponer la pena de muerte por su carácter de inmortal. Inmortalidad concedida en razón de su esencia divina.




2



L
os dioses estaban expectantes ante la decisión que podía tomar Júpiter. La indecisión no fue jamás defecto propio del rey de los dioses. Las decisiones solía tomarlas con rapidez. Poseía la clarividencia por excelencia procedente de su inteligencia. Así pues, tomando la égida la inclinó sobre su pecho y dijo: "Hágase lo que el Hado ha marcado en sus designios". Y con voz potente llamó a su lado a Marte. Este acudió con presteza junto a Júpiter, mientras los dioses murmuraban entre ellos. Marte no gozaba de la simpatía de Júpiter ni tampoco de los demás dioses. Por eso la extrañeza alcanzó su apogeo cuando oyeron el llamamiento. Sabían que su genio era violento, que le gustaba la pelea, la lucha, y ésta, cuanto más sangrienta mejor. El olor de la sangre le enervaba. Se complacía en las ferocidades y en las matanzas. En el principio Júpiter le encargó de las tormentas para que fuera demostrando el poder. Pero en vista de que se complacía en los desastres que éstas causaban a los hombres y que las víctimas humanas iban creciendo, le destituyó. Le encomendó la guerra. Según unos dioses Marte era hijo de Júpiter y Juno, y su nacimiento tuvo lugar en el Olimpo. Pero otros opinaban que, despechada Juno por el nacimiento de Atenea directamente del cerebro de Júpiter, sin haber ella puesto la mediación de su divino útero, quiso también concebir un hijo sin padre. Atenea lo había sido sin madre. Por lo que Juno descendió a la tierra y paseando por Arcadia tocó una flor maravillosa y con sólo su contacto engendró a Marte. Por tanto, Júpiter le retiró su simpatía, al igual que los demás dioses.
  Apaciguado el murmullo general habló el rey de los dioses: "Ve, ahora, querido Marte, a encontrarte con Neptuno, que no cesa de batir la tierra desde el mar, creyendo estar allí libre de mi cólera. Mucho mejor hubiera sido para él haber escuchado a mi mensajera Iris. No lo ha hecho. Además ha dirigido insultos contra mí. Eso es ya intolerable. Si temeroso se hubiera apaciguado y con ello hubiera dejado de batir la tierra lo habríamos celebrado con un gran banquete, donde los agravios se olvidan antes de sentarse a la mesa. Pero no. Persiste en su necia postura. Ahora, toma tus armas y baja sin dilación al mar profundo. Tráeme encadenado a ese rebelde. Antes de partir toma la égida, agítala con tu fuerza para que todos los dioses, ninfas y nereidas que están debajo de la tierra y en las remotas cuevas marinas, oigan el estrépito de tu paso y no se atrevan a intervenir en favor de Nep-tuno. Cuando esté aquí en el Olimpo pensaré lo que hay que hacer con él. Corre, hijo mío, y cumple mi voluntad y   deseo".
 Marte se caló el casco. Colocó el escudo en su espalda y empuñó la espada, acostumbrada a teñirse de sangre al menor impulso del dueño. El impetuoso dios tomó en la mano derecha la égida y, con gran furia, la agitó sobre su cabeza atemorizando a los dioses allí presentes. Un griterío ensordecedor llegó al Olimpo procedente de las profundidades del mar, de las cuevas marinas y de los ríos. El mensaje de Júpiter había llegado a los destinatarios. Marte salió raudo hacia su destino sin apenas darse cuenta de que alguien, veloz y sutil, andaba tras sus pasos. No quiso volver la mirada porque estaba seguro de que nadie le seguía. Iba con toda su impedimenta a cuestas y con ganas de complacer a Júpiter. No habría derramamiento de sangre porque los dioses no tienen sangre sino "icor". No obstante, llevaría a cabo la misión con toda la fuerza guerrera que él tenía. Ensimismado en sus pensamientos no se daba cuenta de que alguien llamaba su atención con insistencia. Por fin, Juno, tomando la forma de una nube, se puso delante.
                "¡Loco, insensato! No te irrites conmigo si me interpongo en tu camino. En vano tienes oídos para oír o has perdido la razón ¿No oyes lo que dice de ti Júpiter? ¿No oyes lo que los demás dioses murmuran de ti? Júpiter no tiene ninguna simpatía hacia ti, hijo mío, y no pone ningún esfuerzo en hacerse simpático contigo. Por eso, te ha encomendado esta misión tan inicua. Estoy segura de que ninguno de los dioses hubiera aceptado encargo tan desagradable e impopular. Conozco bien a Neptuno y sé que opondrá toda la resistencia de la que un dios como él es capaz. Por todo lo cual, te exhorto a templar tu euforia y meditar estas razones antes de que sea tarde. Júpiter quiere promover tumulto entre nosotros y castigar así al culpable como al inocente".
                "¡Diosa Juno! No me place lo que propones. Podías haber pensado algo mejor. Es verdad que no gozo de la simpatía del rey de los dioses y padre de los hombres, pero confío en que esta empresa acabará felizmente para mí. Tengo el mandato divino. Y, si todavía eso no bastara, poseo mis armas. Con ellas soy invencible. Juno, muy falaz te has vuelto, pues no esperaba esto de ti. Te vi feliz al lado de tu marido. Tu cara y ojos parecían proclamar y asentir a tal mandato. Así que, rehuyo tu consejo    y no lo tendré en cuenta a la hora de reunirme con tu  marido".
Y sin más dilación emprendió de nuevo el viaje. Descendió del Olimpo atravesando los frondosos bosques del monte Ida, el caudaloso río Erepo, Filace, región de grandes recuerdos para Marte. Allí estaba su vástago Podarces, hijo del opulento Ificles Filácida, caudillo muy experto en combatir valerosamente con la espada ha-biendo sido adiestrado por el propio Marte. Grande era el anhelo por verle pero no se detuvo. Bastábale, de momento, comprobar que la belicosidad era una de las grandes virtudes guerreras que le adornaban. Prosiguió la marcha y pasada la isla de Lemnos torció a la derecha y desde allí se zambulló en la profundidad del mar. Su presencia fue detectada de  inmediato. Las diosas nereidas acudieron a la gruta donde se hallaba Tetis con su anciano marido y le comunicaron la llegada de Marte. Tetis organizó súbitamente una recepción al dios de la guerra y al frente de las nereidas salió a su encuentro.
                "¡Bienvenido seas, dios de la guerra, a nuestro humilde reino! Perdona, Marte, insaciable en la pelea, la ausencia de mi divino esposo. Su ancianidad no le permite moverse con la agilidad que requieren las actividades cotidianas de la vida. Hemos oído y entendido el aviso de Júpiter y estamos dispuestas a no impedir el objeto de tu visita. También sé cuán difícil será la ejecución de la orden del rey de los dioses a causa de la astucia de Neptuno. No te dejes embaucar por sutiles palabras. Recuerda que la astucia es su gran arma. Aprovechará la oscuridad para desorientarte. Sus ojos penetrantes pueden ver como tú a la luz del día. No te dejes convencer por sus falaces palabras. Y si quieres cumplir la misión a la que has venido no cierres los ojos, que tus párpados permanezcan inmóviles. De esta manera sabrás siempre dónde está. Por lo demás, nosotros estamos muy asustados por el gran oleaje y derrumbamientos habidos en nuestras grutas y palacios. Gran peligro ha corrido mi anciano marido y mi ira se calma al verte, divino Marte, ejecutor fiel y leal del mandato de Júpiter".
                "Agradezco tus consejos, divina Tetis. Te aseguro que mi espada no temblará en el momento justo. La voluntad del padre Júpiter se cumplirá, por muy dura que a Neptuno parezca. Será un castigo para que, tanto los hombres venideros como los dioses, teman ultrajar a quien marcó sus destinos. Júpiter y los demás dioses inmortales saben para cuál de los hombres tiene el Hado preparada la muerte. Los dioses, que gozamos de la inmortalidad, han de seguir las normas aunque el dios Tá-natos no pueda ejercer su poder con nosotros. Por lo que te ruego, ¡oh Tetis!, no te interpongas y déjame el camino expedito".
                "¡Cúmplase tu  deseo! Antes acepta mi carro que te llevará hasta las puertas de la Oscuridad. A partir de allí, entrarás ya en los dominios de Neptuno".
Marte aceptó el ofrecimiento generoso hecho por Tetis. Tomó las riendas del carro tirado por veloces caballos marinos y se perdió en lontananza. Tetis no estaba muy segura del éxito de Marte y concibió un plan. Mandó a las nereidas al palacio de su marido para que le anunciaran el paso de Marte hacia el reino de Neptuno. Al mis-mo tiempo ella marchaba al Olimpo. Las nereidas, solícitas, dejaron sola a Tetis y marcharon al palacio. Tetis rá-pida abrió las aguas del mar y voló hacia Lemnos. Allí se encontró con el Sueño, sonrióle Tetis y tomándole por el brazo, en señal de afecto y confianza, le dijo:
                "¡Oh, Sueño, rey de todos los dioses y de todos los hombres! ¡Escúchame! Quiero que adormezcas a Neptuno, tan  pronto se reúna con el dios Marte. Te esta-ré  eternamente agradecida".
                "¡Venerable Tetis! Eso es más fácil que la petición de la diosa Juno. Adormeceré a cualquiera de los dioses y aún las corrientes del río Océano, pero jamás adormeceré a Júpiter. Malos recuerdos tengo en la mente por acceder a la petición de Juno, Júpiter me persiguió por todos los palacios. Y me hubiera hecho desaparecer si la Noche no me hubiese salvado. Esta acción, sin embargo, es fácil y nada peligrosa."-
                "Jura, por el agua sagrada de la Estigia, para que sean testigos los dioses, que harás lo que te pido adormeciendo a Neptuno".                            
Juró el Sueño y Tetis contenta, cogiéndolo por el brazo, lo llevó al mar hasta las profundidades donde terminaban sus dominios y comenzaba el reino de Neptuno. Ambos se escondieron en una gruta a la espera.
Llegó Marte a las puertas de los dominios de la Oscuridad y dejó el carro junto a una gruta. Empuñó la espada y penetró en aquellas tinieblas. Sus ojos no veían nada. De lo más profundo del corazón voló una plegaria a Júpiter: " Ya que me has confiado esta misión, haz que mis ojos se hagan penetrantes en esta oscuridad". Júpiter accedió a la petición y, poco a poco, los ojos del dios de la guerra adquirían la sagacidad y visión de un felino. Empezó a descubrir sombras y fantasmas que intentaban distraer su atención. Pero no se dejó engañar y con voz potente llamó al dios Neptuno: "¡Oh dios de las pro-fundidades y batidor de la tierra! Muéstrate cual eres ante mí y podremos charlar. Sé que estás cerca de mí, aunque no puedo localizarte".
                "¿A qué se debe tu visita a mis dominios? No es frecuente. Nunca te has acercado a mi palacio ¿por qué ahora? Por tu aspecto fiero creo que no vienes en son de paz. Tu espada, sedienta e insaciable de sangre, está preparada. Di, ¿a qué has venido?".
                "Me manda el rey de los dioses, Júpiter, para que te acompañe a su presencia. No has obedecido el mensaje enviado a través de la diosa Iris. Ha tenido que reunir a todos los dioses; yo he sido el elegido para llevarte a su presencia".
                "¡Oh dioses! Hablas con soberbia. ¿Acaso crees que podrás llevarme por fuerza y contra mi voluntad? Tres somos lo hermanos nacidos de Saturno y Rea: Júpiter, Plutón, que reina en los infiernos, y yo. No obra-ré según decida Júpiter. Él esté tranquilo en la parte que le tocó. No me asusta aunque envíe un ejército de soldados tan valientes como tú".
A medida que iba hablando el tono de la voz iba subiendo, los surcos de la frente se cerraban más estrechamente. Era claro que la visita no le agradaba y tomando el tridente con mano firme, se puso en guardia.
                "¡Desdichado! Escucha al que te aventaja en bravura y experiencia guerrera. Sé que combatiste apoyando a los mortales, pero nunca empuñaste la espada. No eres estimado en el combate, si acaso, aconsejas. Y tus consejos siempre son deprimentes y de fatales consecuencias. ¿Cuántos mortales has enviado al Orco, poblando así el reino de tu hermano? No dejes de pensar, tú mismo, en que la égida está detrás de mí. Ella hará lo posible para que el combate, si es que lo hubiere, caiga de mi lado. Estoy en tus dominios y ésa es tú ventaja; pero nada más. Mi astucia guerrera hará que en breves maniobras caigas en mi poder y seas conducido ante Júpiter. ¿Para qué dilatar el final? No es despreciable lo que te digo. Te aseguro que el rey de los dioses se mostrará propicio y cumpliré la misión encomendada".
                "¡Marte, Marte, funesto a los mortales, manchado de homicidios! Dejémonos de palabrería y vayamos al combate. Aunque la égida te proteja, yo no soy menos fuerte que Júpiter. Acabemos pronto, pues, mi amada esposa me espera para el himeneo".
Sin más aviso arremetió con todas sus fuerzas, tridente en ristre, contra Marte. Éste sin apenas hacerse gran violencia escapó a la acometida. No era mal luchador Neptuno, que con ágiles cabriolas intentaba, una y otra vez, herir a Marte. Cuando ya llevaban así un rato, sin que ninguno de los dos consiguiera su propósito, Neptuno advirtió que una especie de sopor se adueñaba de su mente. Era extraña la sensación porque allí en su reino no ocurría más que en determinadas horas, bien determinadas por él. Había dispuesto que cada súbdito tuviera un descanso de ocho horas cuando él hiciera sonar la caracola. Y desde que había sonado, apenas había pasado un tiempo irrelevante. Por lo que, no entendía lo que le estaba sucediendo. El sopor fue apoderándose de su cuer-po y, ya vencido, dejaba de luchar. El Sueño había cumplido su juramento y Marte, atónito, no podía dar crédito a lo que veía. Atribuyó a la protección de la égida el he-cho. Sin embargo, no se paró a pensarlo y tomando a Neptuno por los brazos se lo cargó a las espaldas. No quería que le sorprendieran los súbditos de Neptuno y aceleró el paso cuanto la carga se lo permitía. Pronto se encontró fuera de los dominios del rey de las profundi-dades. Cargó el cuerpo en el carro que tenía en la gruta y el látigo, lanzado sobre los caballos marinos, aceleró la carrera hacia el Olimpo.
Tetis, al ver pasar a Marte con su dormida carga, miró sonriente al dios Sueño y salió hacia el palacio, donde le esperaba su anciano esposo. La venganza había tenido cumplido final. Ahora, sería Júpiter quien debía decidir. La Fama fue más rápida que los veloces caballos del carro de Marte. La noticia de que el dios Neptuno había sido capturado por Marte se extendió por toda la tierra. Columnas de humo de los sacrificios, en acción de gracias, iban acompañando al carro triunfal. Los faunos, las diosas que habitaban en los bosques y los ríos, en las praderas, en las cumbres de las montañas, tanto del Ida como del Atos, acompañaron a Marte a su paso ofreciéndole dones y coronas de laurel. La epifanía de tanta felicidad  y gozo tenía asombrado a Marte, dios de la guerra. A pesar de que llevaba la espada en alto mostrando toda la fiereza, no podía creer lo que estaba viendo. Siempre, acosado y maltratado por su oficio, había gozado del odio y poca simpatía de los dioses. Su nombre iba ligado al derramamiento de sangre, sinónimo de muerte y crueldad. Tuvo que soportar ofensas hasta de los hombres, cuando Oto y el fornido Efialtes, hijos de Aloco, le tuvieron trece meses atado con fuertes cadenas en una cárcel de bronce. Allí hubiera perecido si su madrastra, Euribea, no lo hubiese comunicado a Mercurio, quien sacó furtivamente a Marte, casi exánime a causa de las crueles ataduras. Llevado al Olimpo, al palacio de Júpiter, éste mandó a Peón le cu-rara. Peón derramó drogas calmantes sobre las heridas y al momento sanaron. Después le ofreció una crátera con ambrosía. Odiado por ser el dios que más almas mortales había enviado al Orco, sin embargo, Plutón era su mejor amigo, como rey de las regiones de los muertos.
También era el dios que menos tiempo pasaba en las mansiones celestiales. Siempre se le veía acompañado de la Discordia, la Fuerza y la Persecución. Compañeros de aventuras bélicas. En todos los tiempos y épocas tenía trabajo en exceso. Así que, moraba más en los campos de batalla que en el mismísimo Olimpo. Como guerrero, no le iban bien las épocas de paz. Entonces, solía estar de mal humor por lo que no se hablaba con ningún dios. Nadie quería preocuparse por nada que no fuera su buen vi-vir, gozar de la convivencia de las demás deidades, asistir a las fiestas de los vecinos, tener alguna escaramuza amorosa ya fuera con un dios o con algún mortal. De esta manera, cuando pasaban por delante del palacio de Marte, construido de bronce por Vulcano, instintivamente apartaban la mirada. Cierto que no todos, porque Palas Atenea, Minerva, Apolo y algún que otro, tuvieron también su participación en batallas, incluso Juno y Venus. Hasta el mismo Júpiter, algunas veces, se deleitaba viendo có-mo los dioses peleaban entre ellos a causa de los mortales. Más de una vez tuvo, el padre de los dioses, que arre-meter contra aquellos que favorecían a sus mortales protegidos, en detrimento de la vida cotidiana del Olimpo. Para ello, le bastaba con inclinar la égida hacia la parte que él quisiera para que su juicio, inalterable, devolviera la paz. Una paz forzada, quebradiza, porque la solución había dejado insatisfechos a los perdedores. Cuando los insatisfechos querían buscar refugio donde poder hablar, sin temor a Júpiter, solían acudir al palacio de Marte. Los conciliábulos estaban presididos por el dios guerrero, rodeado de sus inseparables compañeros de aventuras. Tampoco llamaban la atención, puesto que, los dioses so-lían tener frecuentes reuniones, ya con las Musas delei-tándose en la poesía y en la música, ya en el palacio de Cupido rodeado de bellas diosas y amorcillos dispuestos siempre al dulce juego del amor. Todo esto pasaba por la mente de Marte mientras seguía su paseo triunfal hasta el palacio de Júpiter en la cumbre del Olimpo. Palacio de bronce, oro y plata, refulgente por los rayos del sol digno del rey de los dioses. De cuando en cuando, Marte miraba por encima del hombro a Neptuno, atado de pies y manos con gruesas cadenas; acurrucado en el suelo del carro, como besando las sandalias del dios de la guerra. Éste le había despojado del tridente y de las vestiduras, mostran-do sus desnudas carnes divinas. El clamor de los dioses sustrajo a Neptuno de los brazos del sueño no entendiendo lo que estaba ocurriendo a su alrededor. Despierto, quiso abrir los ojos pero el sol le deslumbró y, herido, tuvo que cerrar los párpados para protegerse. La oscuridad a la que estaba acostumbrado no le permitía ver. Lleno de rabia intentó moverse, pero no pudo. Fue entonces cuando se dio cuenta de que estaba atado con gruesas cadenas. Trataba de recordar qué había sucedido siendo incapaz de hilvanar cualquier pensamiento. Poco a poco se fue haciendo su composición de lugar. Los interrogantes qué, cuándo, cómo y por qué se disparaban uno detrás de otro sin encontrar respuesta. Una y mil veces aparecían, vol-vían a desaparecer. Nada, ninguna respuesta. Hasta que el corazón de Neptuno se sobresaltó ¿era verdad lo que estaba pensando? ¿No hubo una lucha entre él y otro? ¿Quién era ese otro? ¿Era un dios o una quimera? ¿Acaso no estaba en sus dominios? Y si era así, ¿por qué se encontraba encadenado? Intentó abrir sus ojos suavemente para evitar recibir el latigazo del sol. Esta vez vio. Una nebulosa se interponía y tuvo que esperar otra ocasión para ver con claridad. Lo consiguió. Miró hacia arriba y se encontró con la figura del odiado Marte que castigaba con el látigo los caballos corriendo por entre la multitud. Entonces colaboraron los sentidos, la memoria y la mente. Entendió todo, clamó con tal furor que, los caballos, creyendo que era su amo enfadado se lanzaron a una loca carrera. Marte se volvió, lleno de soberbia y desprecio, le hizo una mueca.
Llegó Marte a la gran escalinata del palacio de Júpiter. Descendió del carro con gran contento, atrapó a Neptuno con sus manos, dejándolo caer maliciosamente al suelo. Los dioses y las diosas, allí reunidos, soltaron una estruendosa carcajada que hirió el corazón de Neptuno. Desde lo alto de la escalinata, Júpiter sonrió al ver el estado en que se hallaba su hermano.
    "¡Padre Júpiter! - dijo Marte - Aquí traigo, cumpliendo tu mandato, al desobediente Neptuno. Hoy es para mí un gran día, pues he vencido y atrapado a un semejante mío, tanto en divinidad como en fortaleza. Pero no ha podido resistir mi embate. ¡Dispón de él!".


3



J
úpiter correspondió amablemente a Marte con una sonrisa; mandó que desatara a Neptuno, para que así, libre de las cadenas, pudiera levantarse y responder a lo que el rey de los dioses había de indagar. El padre de los dioses frunció las cejas y con torva faz dijo:
                "¡Astuto y maléfico Neptuno! Tu maldad ha causado inmenso daño a los mortales, no sólo en las haciendas, sino también, en sus vidas. El Orco se ha llenado con generosidad de almas a las que las Parcas no habían roto aún los hilos de la vida. Tiernos infantes y delicadas doncellas han visto, de repente, acortarse sus vidas. También los dioses y diosas han sido objeto de tu ira, poniendo en peligro hasta mi palacio de bronce, ideado y fabricado por mi hijo Vulcano. A él le pudiste crear un enorme problema si todos los hornos en los que trabaja hubieran padecido la ira y rabia de tu corazón. No menos enfurecido está Plutón, rey de los infiernos. Tremenda vergüenza hubieras hecho pasar al dios Plutón de haberse puesto en evidencia las cámaras tenebrosas de los infiernos que, hasta nosotros aborrecemos. La mayo-ría de las criaturas están contra ti. No puedo desatender clamor tan unánime. Surge un conflicto entre mi corazón y mi mente. No sé qué puedo hacer contigo. Puedo darte unos azotes en presencia de todos los dioses. Poder y fuerza no me faltan".
                "¡Falaces palabras, Júpiter! -interrumpió Neptuno encolerizado-. Siempre has querido tener a todos bajo tu dominio e imponer tu voluntad. Pero yo no te obedeceré ya nunca. No puedo soportar el despotismo con que nos gobiernas. Y tengo demostrada mi fuerza cuando en la lucha contra los Titanes fue mi brazo valeroso el que se enfrentó a ellos. Briareo, Giges, Porfirio, Ticio y los demás, conocieron el peso de mi brazo. Alguno de ellos tenía cincuenta cabezas y cien brazos; otro ocupaba con su cuerpo nueve yugadas de tierra. Todos se distin-guían por cualidades análogas. Fue tu ambición la causa de que los Titanes emprendieran la guerra contra ti y, como consecuencia, contra los dioses".
                "¡No me irrites, desgraciado! Recuerda que no fue mi ambición sino la envidia de los Titanes. Instigados por su madre la Tierra quisieron recobrar el imperio del mundo. Eran hijos del mismo padre que nuestro padre Saturno. Los dioses se reunieron para rechazar la agresión. Tú mismo, Neptuno, tomaste parte en la acción demostrando un valor y pujanza dignos de un dios. También te recuerdo que estabas en el Orco, cuando yo te llamé, al igual que a los demás hermanos. Saturno, nuestro padre, había casado con su hermana Rea y tuvo de ella numerosos hijos. Una profecía señalaba que uno de los hijos debería despojarle del poder que gozaba y sustituirle en el imperio del mundo. Saturno los fue devorando a todos, excepto a mí. Y ello debido a que nuestra venerada madre Rea logró ocultarme en la hermosa isla de Creta. A cambio presentó a su marido una piedra envuelta en pañales que Saturno devoró con facilidad. Así pasó mi infancia en Creta hasta que, adquiridas las suficientes fuerzas y experiencias, me presenté ante nuestro padre en son de venganza. Trabamos combate un tanto desigual, por la avanzada edad de nuestro progenitor, y le vencí. Antes de darle muerte le obligué a que resucitara a todos mis hermanos y hermanas. Cumplida la exigencia le di muerte y lo arrojé al abismo. ¡Desgraciado Neptuno! ¿A quién   crees que debes el lugar que ocupas? A mí, a Júpiter".
                "¡Cruel y vanidoso Júpiter! Tu prepotencia no es sino señal de tiranía. No permites que nadie te mire si en su mirada esconde ansia de libertad. Has acallado los murmullos con amenazas y castigas tanto al culpable como al inocente. La justicia la has hecho ciega para que no pueda ver la realidad y se guíe por tus caprichos que llamas leyes. Justicia, que en lugar de calmar con sus sentencias, irrita a unos y a otros, y no contenta a nadie. ¿Dónde tienes escondida la balanza? Desde que imperas en el mundo el fiel de la balanza se inclina al capricho de tu mente y al vaivén de tu corazón. Somos hermanos. El Hado me hizo igual a ti en suerte y destino. Tengo fuerza y voluntad para, si es necesario, entablar combate contra ti. No necesito el apoyo de los demás dioses y diosas. Pue-do valerme por mí mismo. Aunque tú, artero Júpiter, recurres a la astucia de que Vulcano te surta de cantidades ingentes de rayos, aunque sus fuelles estén trabajando sin descanso día y noche, óyeme bien lo que voy a decirte. Sean testigos la Tierra, el ancho Cielo y las aguas subte-rráneas de la Estigia, que venceré a Júpiter. Ello será posible por el ánimo que me impele y anima".

Dicho lo cual bramó con tal fuerza que el Olimpo se estremeció, quedando paralizado por el terror. Los dio-ses no sabían a dónde dirigir la mirada, ni a cuál de los protagonistas. Habían sucedido situaciones delicadas, pe-ro siempre las partes contendientes terminaron com-partiendo una copa de néctar. Pero la situación actual   era más que delicada, comprometida. ¿Quién apoyaría a quién? Durante el intercambio de insultos, reproches y alguna amenaza velada, los dioses habían tomado diferentes posturas. Cuando hablaba Júpiter, la mayoría de los dioses inclinaba la cabeza en señal de asentimiento. Cuando era Neptuno quien desgranaba las crueldades del rey de los dioses, la unanimidad dejaba mucho que de-sear. Sin embargo, quebraba parte de la mayoría anterior. Nadie, pues, sabía qué partido tomar. En su mente pensaron que lo mejor, más sensato, sería esperar a ver en qué paraba la disputa, que parecía iba a tener visos fratricidas. Sin embargo, un hecho era evidente: las opiniones entraban en la fase de la duda. Júpiter alzó su mano ame-nazadora sobre Neptuno diciendo con torva voz:
                "¡Dioses y diosas! Acabáis de oír las calumnias y aterradoras palabras de Neptuno. Muchos pensamientos han pasado por mi mente mientras oía su funesto verbo. ¡Necio! Has de saber que soy el más potente, no sólo por edad y fuerza. El Hado lo decidió así. El furor me inclina a la venganza más cruel de la que puedas imaginar. Tales agravios me has inferido. No permitiré que el furor ciegue mi alma y no pueda recabar un castigo digno, de acuerdo con las ofensas y agravios. No te arrojes a mis pies, ni abraces mis rodillas como débil mujer, porque no hallarás misericordia ni piedad. ¡Ojalá no hubiese obligado a nuestro progenitor, Saturno, a resucitar a mis hermanos! Ahora no estarías tú reinando en las profundidades del mar. No estarías ahora aquí, tratando de disputarme la soberanía. No deshonrarías el linaje al que tanto aludes. Nosotros hemos obtenido el presente porque la inteligencia es superior a la fuerza bruta de la que haces ostentación. En vista de todo lo cual presta mucha atención. ¡Oídme todos, dioses y diosas, para que os manifieste lo que en el pecho mi corazón dicta! Ninguno de vosotros, sea varón o hembra, se atreverá a discutir mi mandato. Aquél que intente contradecir mis palabras correrá el mismo castigo sin piedad".
Neptuno interrumpió, furibundo, al dios de los dioses, no pudiendo contener el estupor sobre lo que estaba oyendo. Rugió, cual fiera acosada, clavando sus ojos en el hermano:
                "¡Júpiter! No creas que me asustas con esas palabras, como si fuera un infante. También yo sé proferir injurias y amenazas. Conocemos nuestro linaje. Pero, tú, aumentas o disminuyes la primogenitura según te conviene. Fuiste el último de todos los hijos de Saturno y Rea. Te apoderaste con astucia y estratagemas del poder. Nos hiciste luchar a tu lado contra los Titanes con falsas promesas. Después, no cumpliste ninguna. Y lo que tengo lo he recibido a regañadientes de ti. No lograrás con tus palabras hacerme doblegar. No puedo consentir ya tantos abusos. Porque veamos: ¿cuánto tiempo estoy reivindicando para mi reino la llegada de la Aurora? ¿Cómo es posible que no podamos gozar de la alegría, de la belleza y del calor del sol, que todos los días sale por el horizonte y gozan los mortales? ¿Qué tiene un mortal más que un dios? Ellos son mortales, yo inmortal. Ellos tienen el placer de gozar de los albores de la Aurora y yo no. Y ¿por qué? Por el capricho de venganza del rey de los dioses. Porque la Aurora en este más largo recorrido, bajando a las profundidades del mar, retrasaría su llegada al Olimpo. ¿Cuántas veces me has dicho? "Yo no dispongo ese ciclo. El Hado es quien fijó y determinó la trayectoria. Las leyes del Hado son inmutables". Así, hermano, una y otra vez. Se agotó mi paciencia. Ya me cansé. Por lo tanto, decidí entrar en acción. Ahí están los resultados. Apenas si moví un dedo en lo que he hecho. Lo que puedo hacer con mis manos, mis pies o mi fuerza conjuntamente, todavía no te lo he demostrado. Puedes con tu portentosa mente adivinarlo. Moveré mi fuerza en todas direcciones y me figuro que la creación toda vendrá temblorosa a mis pies. Me pedirá que les ampare y dé refugio porque el prepotente Júpiter ha perdido su égida. Entonces, hermano, te juro, que no tendrás más remedio que renunciar. Estableceré un nuevo orden en el Olimpo y, por ende, en la creación. No habrá las radicales diferencias que existen ahora. ¡Qué vergüenza, dioses! Veo con mis ojos un gran prodigio a punto de realizarse. Poned en vuestro corazón vergüenza y pundonor. Aprovechad esta ocasión para venir junto a mí. Después será ya tarde, ¡dioses y diosas! Por lo tanto, Júpiter hermano, no pretendas asustarme como si se tratase de un cobarde. Mejor sería que, con esas terribles palabras, riñeses a los hijos e hijas que engendraste, tanto en el Olimpo como en tus excursiones entre las mortales. Ellos sí tienen que obedecer necesariamente lo que les ordenaras. ¡Estoy irritado!".
El discurso de Neptuno, irritado en su corazón, cayó como si de un trueno de Júpiter se tratara. Dejó paralizada a la divina concurrencia que, empezaba a temer algo imprevisible. Porque imprevisibles eran las reac-ciones del rey de los dioses. Éstos, si anteriormente no  sabían qué postura tomar, ahora, sí que estaban en un auténtico apuro. El temor a errar en la decisión, que cada cual pretendía tomar, atenazaba los corazones. El castigo sería terrible si se ponían a favor de Neptuno y en contra de Júpiter. ¿Quién se atreverá a dar el paso decisivo y ponerse junto a Neptuno? Todos se miraban de reojo esperando que el vecino abriera el camino. Sopesaban: alinearse con Neptuno significaba un atrevimiento, muy osado. Significaba exponerse a que el prepotente, irascible, terrible Júpiter recapacitando sobre la situación llegara a pensar. El pensamiento no podía tener otra conclusión que un alboroto de los dioses, peor: una revolución. Y las revoluciones tienen dos vertientes dispares. Una alternativa muy clara: se tiene éxito o se fracasa. La decisión estaba en acertar de qué lado caería el éxito y desplegar los símbolos y atributos en dicho lado. Pero también, la indecisión era una forma de contribuir al éxito de uno o al fracaso del otro. Los dioses se miraban entre sí, arqueaban las cejas levantando los hombros al mismo tiempo. También de ellos se apoderaba la vacilación, la incertidumbre y la repugnancia. Nadie hablaba, todos en silencio dejaban transcurrir el tiempo. Así, el tiempo se veía involucrado, sin quererlo, en esta rebelión encabezada por uno de la estirpe reinante. Sin embargo, en el grupo de las diosas se notaba cierta inquietud no manifestada. Las diosas, caprichosas, tenían otro talante. Más intuitivas, veían grandes posibilidades en el programa expuesto por Neptuno. ¡Qué no sabían ellas de Júpiter! Realmente ellas también tenían sus dudas. Conocían bien cómo reaccionaba. Su cólera era bien conocida. Ellas habían visto con sus propios ojos cómo la diosa Ate fue tratada cuando Alcmena había de dar a luz al fornido Hércules en Tebas. Ella supo, con dolo, engañar a Júpiter. Retrasó el parto de Alcmena y adelantó el de la esposa de Estenelo, Perseida, naciendo Euristeo, descendiente de Júpiter. Euristeo, según el juramento del rey de los dioses, reinó sobre los argivos. Esto desagradó a Júpiter quien, descubierto el engaño, irritado, colérico, cogió a Ate por los cabellos jurando, solemnemente, que la diosa jamás volvería al Olimpo. Volteándola con la mano la arrojó del cielo.
Todas recordaban el trato descortés, y a veces hu-millante, que Júpiter brindaba a su esposa Juno. Las infidelidades del esposo eran notorias hasta tal punto que Juno encargó la vigilancia de su divino marido a Argos, que tenía cien ojos, para que le informara de los amoríos. Estaba harta de tanto sufrimiento, de tanto desprecio y vejación; de tener que compartir el afecto y amor con otras; de las aventuras amorosas con doncellas mortales que le daban hijos, a quienes llamaban héroes. De los amoríos con otras diosas. De los caprichos hacia los efebos hermosos. A muchos de ellos había trasladado de la tierra a las moradas de su palacio cubriéndoles de regalos y dones, para posteriormente, pasar a su servicio personal como coperos. Esto rebajaba a las diosas, especialmente a Juno, Diana o Minerva que, por lo general, eran las encargadas de servir la ambrosía y el néctar a Júpiter. 

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